miércoles, 14 de mayo de 2008

Baldosas


Me gustan las baldosas. La primera vez que probé su droga fui yo quien se la pidió. Y ella me la dio encantada, con todo el bar por testigo. Podía haberlo dejado, pero seguí consumiendo. Me convertí en adicto a sus besos y sus caricias. Consumía su droga públicamente en la calle y a escondidas en un oscuro portal. Consumía porque aquello era muy rico. Su droga me hacía sentir bien, el rey de su mundo. Me ayudaba a dormir y me hacía soñar con pinturas de madera, que dibujaban el futuro con líneas de 12 colores. Cuando yo estuve muy lejos, atravesó 7000 kilómetros de nubes para traérmela. ¿Cómo no iba a engancharme? Después compartimos casi 300 metros de baldosas para consumir a todas horas. Pero un día se acabó. Ya no habría más besos, ya no pondría su mano en mi pelo, ni me dejaría olerla. Se terminó la droga. Pasé el mono, me dolieron los huesos, caminé por la cuerda floja que separa la locura de la cordura, sin red. Intenté conseguir su droga haciéndome daño, sangrando lágrimas que formaron mares donde lancé miles de botellas con mensajes escritos en servilletas usadas. Probé otras drogas y bebí metadona de cariño que me regalaron enfermeras con minifalda blanca. Pero seguían doliéndome los huesos. Me despertaba y me acostaba sintiéndome un yonki, deseando consumir tumbado sobre alguna de aquellas baldosas que se repartían escaleras arriba y escaleras debajo de un refugio que acabó convertido en un escenario de guerra, bombardeado por la indiferencia y la distancia. Vendí todas aquellas baldosas frías y rotas a buen precio, y me hice un hueco en otro lugar más pequeño. Llené el suelo de alfombras para olvidar, pero todavía hoy se me duermen los pies porque mi corazón necesita aquella droga para latir con fuerza y repartir la sangre hasta los dedos. Intento convencerme de que no la necesito y olvidar que estuve enganchado con cadenas a ella. Se que nunca más la probaré, pero si un día lo hago me descalzare, porque quiero escuchar como el corazón lanza sangre como fuegos artificiales y vuelvo a sentir una fría baldosa en mis pies.

3 comentarios:

Mayte Sánchez Sempere dijo...

Es que hay drogas de las que no nos podemos desenganchar y lo peor es saberlo...

Esta vez me hiciste llorar, será por el mono, será por la esperanza, será porque está nublado.

Un beso,
Mayte

Jose dijo...

será...

Anaisme dijo...

Hay veces nos enganchamos a personas y parece drogas o son drogas, a medida leía tu cuento me llegaba a mi memoria este tipo de enganche y es rico y horrible a la vez, lo bueno es que pasa y eso lo tengo comprobado en mi vida y logra sobrevivir y estoy aprendiendo a vivir en libertad, sin miedo de relacionarme con las personas sin caer en la dependencia.

Besos y abrazos con libertad desde de mi tierra